Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus pláticas para darse el gusto de ver á la que pasaba por primorosa bailadora.

El guitarrista preludió un tango. La cantaora iba á modular la copla cuando Soledad exclamó con violencia:

—¡Yo no bailo más que sobre la mesa! ¡Quitarme todo eso de encima!

Veinte manos se apresuraron á cumplir la orden, separando la vajilla y los manjares que aún quedaban. Pero como estuviese manchada de vino, Pepa, excitada, descolgó de la percha con brioso ademán su espléndido pañolón de Manila y se puso á limpiar con él. Frasquito, al ver aquella monstruosidad, dió un brinco y cayó sobre ella, arrebatándole el pañolón de las manos con gesto colérico. Este acto produjo gran indignación en los presentes.

—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza mirar por un pañuelo el día de tu boda? ¿No vale más la alegría de tu mujer que un trapo? ¡Habrá gallego!...

Y todos le increpaban con ira mientras el señor Rafael se retorcía de risa en un rincón gritando:

—¡Vivan los novios rumbosos!

Las mujeres, más irritadas que los hombres de aquella falta de galantería, echaron mano igualmente á sus mantones y se disputaron el placer de limpiar también con ellos la mesa. Había llegado la hora del vértigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plantó sobre la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electrizó á la reunión. Luego se irguió haciendo resaltar su bella figura escultural.

—¡Ole la palma gallarda! ¡Vaya un talle sandunguero!... ¡Suelta esa mata de pelo, gachona!... ¡Vivan las mujeres flamencas!

Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bailó con toda la elegancia y gentileza que ella sólo sabía. Los hombres ponían bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban las flores de su cabello para arrojárselas. Cuando bajó la cubrieron de besos.