Pero la bella se dejó caer jadeante en una silla y quedó silenciosa y sombría sin participar del frenesí que allí reinaba.
Los viejos dieron, al fin, la señal de retirarse. La partida fué ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pasó cerca de media hora, cambiándose entre unos y otros interminables bromas que hacían fluir las carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos para meterse en los vehículos, hacían traer á ellos bateas con cañas y las servían á las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les bañaban el rostro con ellas.
Los cocheros ya se preparaban á arrear á los caballos cuando el señor Rafael, que chorreaba alegría por todos los poros, tuvo la ocurrencia de obligar al viejo Cardenal y á su esposa á que echasen un baile de despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los Cardenales bailaron sobre la carretera, á la luz de la luna, entre la algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches.
Pero aquel momento gozoso fué turbado por la mala intención de Antoñico, que participó al maestro carpintero cómo Frasquito intentaba darle amoniaco para limpiarle la mona. Encrespóse atrozmente aquél y nada menos pretendía que bajarse del coche y echar los dientes fuera á su yerno. Á duras penas podían sujetarlo. Pepe de Chiclana cortó en flor la querella gritando á los cocheros:
—Arread, muchachos, y que se quede el que quiera.
Chasquearon los látigos y los caballos arrancaron al trote. Pero todavía, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oía vociferar al carpintero:
—¿Álcali volátil á mí? ¡Granuja! Vamos á ver, ¿estoy yo borracho? ¿Hablo cosas formales? ¿He faltado á alguno?... ¿Sé alternar ó no sé alternar?