—¿Por qué limoncito verde?
—Porque eres agria para mí y veo mis esperanzas cada vez más verdes.
—¡Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Después que has sido para mí un perro te vienes con esa.
—Un ladrón en la horca no está más arrepentío que yo, María. Díme que me tire al agua y me verás hacerlo.
—¡Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso...
—¡Si supieses las penitas que estoy pasando!
—¡Calla, calla, perro!
—Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo.
La ruda morena soltó una carcajada. La plática, aunque burlona, se fué haciendo más y más cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su perdón. El cuchicheo se hizo más íntimo y más suave. Hallaban los dos grato enamorarse por la reja después de haber hecho vida matrimonial cuatro años.
Hacía ya largo rato que estaban charlando cuando se oyó el ruido de un coche.