—¿Un coche á estas horas?—exclamó María con sorpresa.
Antonio no dijo nada, pero quedó repentinamente serio. El ruido se fué aproximando. Á los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la calle una berlina de punto que pronto cruzó por delante de ellos. Antonio sufrió una fuerte sacudida y dijo con voz alterada:
—¿Sabes quién va ahí?
—¿Quién?
—Velázquez.
—¡Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huéspedes.
—Por mi salud te juro que es Velázquez. Lo he conocido perfectamente.
—Pero, niño, ¿qué estás ahí diciendo?... Si fuese Velázquez se hubiera apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cómo las gasta.
—Pues es Velázquez, no tengas duda—repuso Antonio cada vez más trémulo.
Y tanto juró y perjuró que su querida concluyó por darle crédito. También se puso seria.