—Permíteme que te lo diga, Velázquez... No eres un hombre regular ni decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy así, ¿me entiendes?... Digo las cosas á la cara... Al pan pan y al vino vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergüenza... ¡Ea, ya está! ¿Qué hay?...
Colocado en este terreno dramático, el viejo tendero concluyó por desafiarle.
—Tú y yo somos dos, ¿me entiendes? No pienses que te tengo miedo... Aunque viejo, aún no se me cae una herramienta de la mano... ¡Sal conmigo, cobarde! ¡Sal á la calle y verás cómo te corto el cuello!
Velázquez sonriendo procuró calmarle; pero cuanto más pacífico se mostraba, más se crecía el anciano, hasta el punto de que, temiendo que se propasara á vías de hecho, el señor Rafael, que era el menos borracho de todos, hizo seña al guapo de que se fuese. Así lo hizo con gusto, porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y temía que al fin se desbocasen y le impeliesen á poner la mano en el viejo.
Cuando se vió en la calle respiró libremente y se dirigió sin vacilar á casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo en su imaginación un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo, la despedida de Antonio y María-Manuela y las palabras secretas que entre sí cruzaron, habían despertado en su espíritu sospechas de que estaban citados para aquella noche. Más por curiosidad que porque la traición de la rústica morena le llegase al alma, en vez de tomar el camino directo de las Barquillas, hizo un pequeño rodeo para pasar por delante de la casa de aquélla. Y hallando casualmente al paso un coche de los que habían ido á Puerta de Tierra, se metió en él. Al ver á Antonio pegado á la reja de su querida, á pesar del escaso interés que ésta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanzó para ordenar al cochero que parase; pero, sosegándose repentinamente, se encogió de hombros exclamando:
—¡Ps! ¡Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus pocilgas.
Antes de llegar á las Barquillas de Lope se apeó y despidió el coche, encaminándose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando ya estaba cerca, de uno de los portales próximos salió un hombre y se le puso delante.
—Buenas noches, señor Pedro.
El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le atravesaba, respondió:
—Buenas noches, Gabino. ¿Qué se ofrece?