—Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueño.
—Está bien—repuso mirándole de arriba abajo con ojos recelosos y severos.—¿Y aún no te ha llegado el sueño?
—No, señor.
—Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte á la cama, porque te expones á quedar dormido en mitad del arroyo.
—No tengo yo miedo á eso, porque al fin y al cabo, ¿qué importa la cama dura si es blando el sueño? Lo único que me da pena es dejar despiertos por ahí á algunos traidores.
Sintió el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclamó riendo:
—¡Anda! ¿y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasarás las noches persiguiendo á los ladrones.
—No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino á ciertos sujetos que hacen el daño sin interés, sólo por capricho ó por fachenda.
—Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme—dijo Velázquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse.
Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolución: