—Dejémonos de guasa, señor Pedro. ¿Va usted á ver á Mercedes?
—Dejémonos de guasa, Gabino... ¿Te importa algo?
—Sí que me importa, porque soy su novio.
—Pues hazte cuenta que para mí no eres na—dijo Velázquez con acento agresivo.
—No basta que usted lo diga; á todo el mundo le consta y á usted también. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente rondar á las mocitas que están comprometidas.
—¡Ea, basta ya de rodeos!—exclamó el guapo.—Quieres reñir,¿verdad tú?... Pues cuando gustes podemos comenzar.
Y al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo y sacó el cuchillo.
Gabino permaneció quieto y manifestó con calma:
—Ya sé que no le importa reñir, que tiene usted corazón y no ha de temer á un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted bien puede figurarse qué desesperado estaré... Quiero á esa mujer más que á las niñas de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted, delante de un cañón cargado de metralla me pondría. Lo que temo al reñir no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo le mato, ¿qué gano? Nada, porque me espera la cárcel... Se lo juro á usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podría sucederme es que usted me matase...
La voz se le anudó en la garganta al pobre mancebo al proferir las últimas palabras. Velázquez quedó inmóvil y silencioso. Al cabo dijo en tono resuelto, guardando la navaja: