—Tienes razón... Me gusta esa niña, pero tú la mereces más que yo porque la quieres mucho más... Sé, por desgracia—añadió con voz temblorosa,—lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida ó la muerte al que tiene ya el corazón hecho pedazos...
Bajó la cabeza y permaneció callado unos instantes.
—Choca, querido—dijo alzándola de nuevo y alargándole la mano.—Vete en paz á hablar con tu novia y que Dios te proteja.
Se estrecharon la mano y el majo se alejó precipitadamente.
—Gracias, señor Pedro—murmuró Gabino conmovido.
—¡Oiga!—le gritó cuando ya el otro estaba lejos.
Velázquez volvió sobre sus pasos.
—Quisiera pagarle de algún modo el favor que me hace. Si usted tiene todavía algún interés por esa mujer que ha querido, le diré que la he visto hace poco allá en Puerta de Tierra entregar una llave á Antoñico, que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca.
El majo se encogió de hombros con afectado desdén.
—Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con ella hace tiempo. Puede abrir la puerta á un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por el aviso, Gabino, y buena suerte.