No era sincero aquel desprecio. La noticia le llegó al alma, porque si bien conocía las relaciones de su querida con Antonio, tenía por cierto que no habían alcanzado tal grado de madurez. Así que vagamente nutría en su alma la esperanza de poseer de nuevo á Soledad y hacerla su esposa. Ahora sí que la sentía perdida enteramente. Sus ilusiones se desvanecían como el humo.

Á paso lento recorrió varias calles presa de un abatimiento que le quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba á la sazón y libremente podía revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgió repentinamente uno que le hizo estremecerse. Quedó inmóvil un instante y, recobrando de súbito toda su energía, emprendió su camino de nuevo con resolución y á paso vivo. Al pasar por la calle de Horno Quemado vió venir hacia él un hombre que no tardó en reconocer. Era el señor Rafael que se retiraba á su casa. Trató de evitar el saludo pasando á la acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como suponía, le conoció perfectamente y le chicheó.

—¡Eh! ¡Chis! Velázquez... Atraca, hijo... ¿Dónde va el hombre?

—Pues... á ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo divertido que estará ahora su sobrino.

—¡No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha divertido jamás de la vida ni se divertirá. Ahora mismo está pensando en el gasto.

Velázquez sonrió y trató de alejarse, pero el viejo le retuvo.

—Ahí dejó al Cardenal y al suegro de mi sobrino con una mona superior... pero ¡superior!... El Cardenal quería salir con la navaja abierta en tu busca... Luego la emprendió conmigo y me dijo las mil y una injurias... pero yo me he reído, ¿sabes?... Éstos infelices que viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo prueban, se vuelven locos...

Velázquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le parecía insufrible en aquel momento. Pero por más que hacía no lograba despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado:

—Vaya, déjeme usted, señor Rafael, que tengo prisa.

El viejo le miró á la cara sorprendido y, observando su palidez, soltó la carcajada.