—¡Pensé que estaba curado! ¡Buen chasco!

Y se dispuso á retirarse. Pero cuando hubo avanzado un poco sintió los pasos de un hombre que venía. Retrocedió nuevamente hasta el pretil para ocultarse en la oscuridad. Al llegar cerca del farol, lo conoció. El hombre se detuvo delante de la tienda, subió resueltamente los escalones y entró en ella. El rostro del joven viajero se contrajo fuertemente. Miró un instante con fijeza á la puerta iluminada y se alejó á paso largo.

II
Los majos.

Los grandes ojos negros de la tabernera brillaron.

—¡Cuánto has tardado!—exclamó levantándose.

Sin contestar despojóse el hombre de su capa y se la entregó diciendo:

—Límpiala, que el señor de Roda me la ha llenado de vino.

Tendría treinta y cuatro ó treinta y seis años; bajito, menudo, moreno, con barba negra sedosa, las facciones correctas, los ojos negros de una expresión resuelta y altiva. Había en su rostro atractivo. La figura, aunque exigua, proporcionada, y denotaba agilidad y brío. Vestía chaqueta corta, sombrero cordobés de alas rectas, pantalón ceñido, faja de seda encarnada y camisa bordada con botones de diamantes: todo rico y esmerado, y mostrando no sólo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso de su persona y quizá un poquito pagado de ella.