—¿Y Joselillo?—preguntó.

—Pues se fué hace ya bastante rato por unos frascos de ginebra y aún no ha venido.

—¡Valiente niño! Me parece que esta noche le voy á mandar calentito á la cama... Ya van muchas.

Soledad se había acercado á él y daba vueltas en torno suyo, contemplándole con ojos amorosos, examinando minuciosamente el estado de su traje, quitándole el polvo con leves palmaditas.

—¿Has caminado mucho?

—Por toas las vereas del universo mundo me ha llevao hoy ese guasón. ¿Y too pa qué? Pa ver una huerta con algunos árboles tísicos allá donde Cristo dió las tres voces... ¿Ha venido Espinosa?

—No; ahí no están más que Antonio, Pepe, Frasquito y su tío... ¡Ah! también acaba de salir Manolo, pero no ha estado en la reunión.

—¿Qué Manolo?

—Manolo Uceda—repuso ella ruborizándose.

Velázquez frunció levemente el entrecejo, y la miró fijamente. Su rostro adquirió luego una expresión de burla.