—Supongo que te habrá cantado alguna trova nueva y divertida.
—Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo de siempre... Pero me ha prometido no darme más jaqueca.
—¡Déjalo, hija mía!—exclamó haciendo un gesto desdeñoso.—Déjalo que se desahogue... ¡Si á mí no me importa!
—Es que, si no te importa á ti, me importa á mí—manifestó ella secamente, herida por aquel gesto.
—¡Allá tú!—repuso el guapo, disponiéndose á entrar en el cuarto de la reunión.
Soledad le dejó partir mirándole fijamente, pero antes de llegar á la puerta le llamó:
—¡Velázquez!
—¿Qué hay?—preguntó él volviendo la cabeza.
—Ven.
El dueño se acercó.