—¿Qué se ofrece?

Soledad le cogió de la mano, le condujo suavemente hasta el ángulo más oscuro de la tienda y, echándole los brazos al cuello, le dijo:

—Se me ofrece esto.—Y al mismo tiempo cubrió de apasionados besos su rostro.

El guapo se dejó besar con condescendencia.

—Basta, basta—dijo al cabo apartándola suavemente.—¡Que me vas á gastar la figura, hija mía!... Ya ves, soy poco y me vas á dejar en ná—añadió riendo.

—Para mí lo eres todo, la ciudad de Cádiz, el Puerto, San Fernando y el arsenal no valen lo que este bigotito negro tan suave como la seda.

Y se lo atusaba con la punta de los dedos, clavándole al mismo tiempo una mirada de adoración infinita.

—¡Quita allá, zalamera!—repuso él dándole una palmadita afectuosa en la cara y apartándose.

—No entres todavía—respondió ella tirándole de la manga de la chaqueta.

—¿Va á ser todo ahora? ¡Deja algo para luego!