Y con una leve sacudida se zafó, empujó la puerta y entró en el pequeño compartimento. Ella, después de permanecer un instante inmóvil, fué á sentarse detrás del mostrador, cogiendo de nuevo la calceta.

—¡Ole por el patrón de la barca!—gritó uno dentro.

—Á la paz de Dios, señores—dijo Velázquez sentándose en la silla que le ofrecían.

—¿Y de dónde viene el hombre á estas horas?—preguntó una joven morena, de facciones abultadas, graciosa y ruda á la vez.

—De la calle.

—¿De veras, chiquillo?

—De veras, María-Manuela.

—Toma una caña por la gracia.

—Venga la caña.

Velázquez echó al aire el contenido, lo recogió con singular destreza y lo vació después en la boca sin perder una gota.