—¡Eso sabrás tú hacer, desaborío!—exclamó María-Manuela.
—En mis buenos tiempos sabía algunas cosas más—manifestó el majo limpiándose con calma los labios.
—Pronto has venido á menos.
—Qué quieres, hija; si hubiera llevado tan buena vida como Antonio, estaría mejor conservado.
Todos los rostros se volvieron sonriendo hacia el aludido. Éste era un hombre joven aún, pero en el cual la vida crapulosa había dejado tales huellas que se le tomara por viejo. El cuerpo flaco, el rostro manchado con abundante cosecha de granos, el pelo ralo y las cejas lo mismo. Sin turbarse poco ni mucho con las miradas de la reunión, dijo gravemente tomando una caña:
—Yo siempre fresco como una rosa. ¡Buena suerte tendrá la que goce de la flor de mi juventud!
—¿Qué dices á eso, María-Manuela?—preguntó riendo el señor Rafael.
—Que tiene muchísima razón. Yo jamás he conocido su juventud.
—María-Manuela y yo—manifestó con la misma gravedad Antonio—nos hallamos en los primeros tiempos del amor en que se goza con una nada, en que cualquier friolerilla le levanta á uno hasta el cielo y le hace soñar toda la noche. Hasta hace dos meses no me atreví á decirle que la quería sino con los ojos; ya lo habrán ustedes notado. El viernes pasado me dió un rizo de pelo. Pensé que me volvía loco de alegría... Fué la tarde en que les pagué á ustedes la merienda y unas cuantas botellas de amontillado...
—¡Mentira! ¡mentira!—gritaron todos á un tiempo.—¡No has pagado nada!