—¿No?... Pues juraría... Pero, en fin, lo mismo da. De todos modos, yo estaba muy alegre aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de pagarlas y dinero, seguramente las hubiera pagado. No hay momentos más felices que estos en que el hombre todavía no ha perdido la timidez. No me da vergüenza confesarlo. Ayer me concedió por primera vez María-Manuela un beso.

—¡Oooooh! ¡Uuuuh!—rugieron los alegres compadres.

—¡No hay que asustarse, señores! Fué en la mano solamente. Pero, así y todo, cuando se lo di, faltó poco para desmayarme. No sé qué influencia misteriosa ejerce sobre mí esa mujer, que el contacto de un dedo suyo me hace temblar.

—Oye tú, guasón—interrumpió María-Manuela con acento irritado,—¿quieres callarte ya ó te estrello este vaso en las narices?

Antonio se detuvo, paseó una mirada en torno y dijo bajando la voz:

—Ya lo ven ustedes, sólo la idea de que se sepa que le he besado la mano pone fuera de sí á la pobrecilla.

—¡Aguarda, arrastrao!—exclamó exasperada la morena abalanzándose á él.

—¡Socorro!—gritó Antonio haciendo ademán de meterse debajo de la mesa.

Entre Velázquez y Frasquito la sujetaron. No pudiendo echarle mano, volvió á sentarse y desahogó su cólera en un torrente de palabras feas y maldiciones que al cabo concluyeron por alterar los nervios de la otra mujer que allí había.

Era una muchacha de pocas carnes, morena también, de nariz un poco larga, boca pequeña, ojos negros expresivos y hermosa cabellera, cuyos rizos le caían por la frente en gracioso desgaire. Á esto contribuía el que la joven, ó por coquetería ó por distracción, no quitaba la mano de ellos atusándolos, retorciéndolos, martirizándolos sin tregua, lo mismo cuando hablaba que cuando escuchaba. Ambas cosas hacía con rara perfección. Cuando guardaba silencio parecía la estatua de la atención. Con la cabeza echada hacia atrás, paseaba sus ojos vivos de uno á otro interlocutor absorbiendo sus palabras, su actitud y sus gestos como si se tratase de fijarlos en la memoria para siempre. Cuando hablaba, sus palabras fluían de la boca raudas, interminables, con un dulce acento persuasivo que cautivaba y adormecía. El gracioso dejo de su charla andaluza realzado por una voz melodiosa como pocas obligaba á escuchar con placer las mil sentencias y graves consideraciones en que abundaba su discurso. Porque Paca la de la Parra (así llamada á causa de una muy frondosa que había en la casa donde su madre dirigía un establecimiento de bebidas) no sólo presumía de elevados sentimientos, de gustos exquisitos, sino de una madurez de juicio superior á la de los sabios de su tiempo. Por lo cual vivía en el fondo de su alma apartada del mundo plebeyo que la rodeaba. Encastillada en su grandeza intelectual y sentimental, contemplaba con benignidad de ordinario, la ruindad de sus compañeras, y dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. Pero en ocasiones como ahora, en que por causas desconocidas se hallaba un poco nerviosa, no podía menos de atajarlas.