—Vamos, hija, cállate ya, que tienes una lengua más susia que la de lo tío de la Caleta.

María-Manuela quedó suspensa un instante, pero, revolviéndose colérica en seguida, exclamó:

—¡Adiós, infanta! Perdone usía que le haya lastimao las orejas. ¿Quiere usía que hable por lo finitico? ¿Quiere usía un poquito de agua para quitarse el susto?

Paca alzó los hombros con ademán de lástima.

—¡Siempre has de tomar el rábano por las hojas, mujer! No te he mandado callar por ofenderte, sino por evitar que piensen de ti lo que no mereces. La mujer que se pasa la vida diciendo malas expresiones demuestra que no ha tenido principios, y tú los tienes como los tengo yo y los tiene toda persona regular que haya tenido crianza. Deja esas palabras á los hombres, que para ellos se hicieron, y habla bien, que el hablar bien no cuesta trabajo.

—Mira, Paca, ¿sabes lo que te digo?—profirió María-Manuela afianzando ambas manos sobre la mesa y encarándose con su amiga.—Que no rajes tanto y me dejes el alma quieta, ¿estamos?

—Te lo digo, querida, porque tienes principios...

—Pues se me orviaron... ¡Ea ya!... ¿qué hay?

—Eso importa na. Lo peor es que á Joseliyo se le orvió traernos unas aceitunitas ó unas ruedas de chorizo—apuntó con calma Pepe de Chiclana.

Los compadres rieron.