—¡Adiós, gachó!... ¿Tú por aquí?... Lo que menos podía pensar era tropezarte á estas horas.
—Ni yo á ti.
—Pues, hijo, como hemos bebió mucho más de lo que era menester y la noche está para freírse María Santísima, andaba dando vueltas por las calles como un papamoscas y se me ocurrió venir á ver si Pepe y Paca habían salido á la calle á tomar el fresco.
—Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido á mí.
Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tenía todas consigo y escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubría en él señales de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba en aquel momento absoluta tranquilidad, la misma indiferencia desdeñosa que lo caracterizaba.
—Y como aquí no veía á nadie con quien rajar un poco, me iba en busca de la cama.
—Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba á mí—repitió Velázquez con el mismo sosiego.
—Pues vámonos ya.
—Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece.
—Como quieras.