Sacó el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino cuchillo de Albacete brilló con resplandor siniestro á la luz de la luna. Antoñico se inmutó visiblemente.
—Toma—dijo alargándole cortésmente el cigarro.—Pica de él si quieres.
—Muchas gracias—respondió Antonio, rechazándolo.
Velázquez lo miró con sorpresa.
—¿Es que no tienes cuchillo?
—Sí tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...—balbució torpemente.
—¡Allá tú!—profirió el majo alzando los hombros.
Y con toda calma se puso á picar, mientras el otro sacaba un pitillo hecho y lo encendía. Hubo largo silencio. Velázquez parecía absorto en su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de humo.
—¡Ah!—exclamó al fin aquél, llevándose la mano á la frente.—¡Qué cabeza la mía! Tenía que dar un recado preciso á Soleá y ya se me olvidaba... ¿Me haces el favor de la llave?
—¿Qué llave?—profirió Antonio con la misma sorpresa que si viese desplomarse todas las casas de la calle.