—Abre.
—¿Quién es?—preguntó Soledad.
—Antonio.
—Aguarda un momentito.
Oyó el majo, con el corazón palpitante, el rechinar de una cama y el ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abrió la puerta.
—Pasa—dijo Soledad con voz apagada.
Velázquez obedeció.
—¡Cómo has tardado tanto, hijo!—siguió con acento de mal humor, mientras cerraba de nuevo la puerta.—Ya no contaba contigo. Te he estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venías me he determinado á meterme en la cama... Espera, voy á encender un fósforo.
—¡No!—dijo Velázquez con la misma voz de falsete.
—¿Por qué no?