Y sin aguardar respuesta tomó la caja de cerillas de su mesa de noche é hizo brotar la luz. Al volver la cabeza dió un grito y se le cayó la cerilla de la mano.
—¡Tú! ¡tú! ¡tú!—repitió con espanto en las tinieblas.
—¡Sí!... Yo soy, Soleá... ¡Perdóname que haya dado este paso!... El cariño que te tengo me ha vuelto loco...
Al mismo tiempo dió un paso hacia la joven; pero ella retrocedió y sacando apresuradamente otro fósforo encendió la bujía. Luego se plantó delante de él erguida, altanera, pálida, clavándole con furor sus ojos llameantes. Hubo un momento de silencio. La cólera le apretaba la garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclamó con voz alterada, extendiendo la mano:
—¡Sal de aquí, canalla!
El majo se estremeció, se puso también densamente pálido.
—¡Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... ¡Mira que te pierdes y me pierdes!
—¡Sí! ¡sí! ¡canalla! ¡más que canalla!—profirió la joven trocando el color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.—¿Qué otro nombre mereces, charrán, indecente?... ¿Quién comete una acción tan baja como ésta sino tú?... Sí, canalla... Te llamo canalla porque lo eres.
Velázquez se lanzó de un salto sobre ella, la agarró por los brazos y la sacudió convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, seguía escupiéndole á la cara más que diciéndole:
—¡Sí, te llamo canalla!... Mátame ahora, cobarde... mata á una mujer... ¡Eso debes hacer, granuja!...