Cuando al cabo alzó la frente, su resolución estaba tomada. Las sombras de la noche huían apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas tintas carmesíes anunciaban en Oriente que el sol no tardaría en alumbrar la tierra.

XVI
Despedida.

Pocos días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de vela mandado por cierto amigo suyo que partiría el 15 de Setiembre. La víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen á beber unas cañas á la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la suya. En la carta que Velázquez le escribía convidaba también expresamente y con encarecimiento á Soledad, ó por hacerle ver que olvidaba sus injurias, ó por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasión.

Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta para que accediera á aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba ella, no tanto por el rencor que aún le guardaba, como por considerar violenta y embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando aquella tarde por la calle de la Amargura, acertó á tropezar con Manolo Uceda, á quien hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de seguir su camino, pero ella se le puso delante.

—¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por qué no vienes á casa?—le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole afectuosamente la mano.

Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su imprudencia y se puso roja como una cereza.

—Ando bastante ocupado con un asuntillo que me ha encomendado mi madre... El jueves me voy á Medina.

—¿Para volver?