—No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos á Sevilla... He conseguido que mi madre cediese á vivir allá, y me alegro bastante.

Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al cabo dijo con tristeza:

—¡Todo el mundo se va!... Yo también necesito pensar en liármelas... Ya sabrás que Velázquez se embarca mañana...

—Sí lo sé. Me ha escrito.

—¡Ah! ¿Te ha convidado á la juerguecilla del barco?... También á mí me convida; pero á la verdad... no sé qué hacer. Quisiera que me dieses tu parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma, eres el único hombre decente con que he tropezao en la vida y á nadie pido un consejo con tanta satisfacción como á ti...

—Muchas gracias—manifestó el caballero de Medina sonriendo.—Pero ¿qué quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...

—Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo...

—Pues bien—repuso Uceda, después de vacilar un poco.—Á mí me parece que debes ir... Á pesar de todo le has querido: él te ha querido también y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el no decirle adiós.

—Está bien, iré aunque me cueste trabajo.

Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza: