—No creas que te entrego á mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la conozco y sé que si la contrariase se enfermaría. Á mí no se me olvidan los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar seguro de que no volverías ahora tan satisfecho á Cádiz.
—¡Silencio, mujer!—interrumpió el padre con energía, y volviéndose á Velázquez añadió gravemente:—Las mujeres perdonan mejor los agravios que las hacen que los que hacen á sus hijos. Eres hombre de juicio y sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de que haciendo feliz á Mercedes no tardará en desaparecer.
Llegaron al fin á la mar libre. La Esperanza izó algunas velas y su tripulación dejó los botes para subir á bordo. Los remeros de las lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con mucha gritería del capitán é inmediatamente pusieron proa á la ciudad.
El sol iba á ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el zenit, fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo, resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo. La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos á tierra y su gozo aumenta viendo á Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona gigantesca del dios de los mares.
En aquel momento, Soledad preguntó á Uceda en voz baja:
—¿Sigues en tu idea de marcharte á Sevilla?
—Sí.
—Yo también me voy.
—¿A qué?—dijo el caballero fingiendo sorpresa.
—No lo sé—replicó la joven pugnando por no llorar.