Guardaron silencio unos instantes. Uceda la dijo al fin con sonrisa benévola tomándole una mano:

—Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va á desaparecer? Tú sabes que mañana volverá á lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor, pero el capricho sólo engendra al hastío. Á pesar de tus locuras te he seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil á quien no se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy te quiero con toda mi alma, pero...

—Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada... tu esclava—interrumpió Soledad con ímpetu.

—¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el tiempo para mí, pero puedes estar segura de que nada haré que pueda rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me ha dicho siempre que existe.

Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con alegría y sus bellos ojos se nublan de lágrimas.

Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos resplandores. La Esperanza izaba á lo lejos todas sus velas que se hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo alto del puente, saludaba todavía con su gorra blanca.

ÍNDICE
Páginas
PRÓLOGO[V]
[I.]—El viajero [1]
[II.]—Los majos[13]
[III.]—Soledad[35]
[IV.]—Velázquez.[51]
[V.]—Celos[61]
[VI.]—Disputa[81]
[VII.]—El columpio[93]
[VIII.]—Crisis[121]
[IX.]—El Carnaval[133]
[X.]—Rebelión[161]
[XI.]—Sumisión[171]
[XII.]—La maga[181]
[XIII.]—Antoñico[197]
[XIV.]—La boda de Pepa [213]
[XV.]—Noche gaditana[241]
[XVI.]—Despedida[267]