I

Para el lector aficionado á razonar el arte y discutir su técnica escribo estas breves líneas. Páselas por alto quien sólo aspire á sentirlo, seguro de que nada perderá en ello: mi simpatía, como la de todo artista, estará siempre con él. Porque sólo una imaginación fresca exenta de conceptos retóricos puede gozar realmente las obras poéticas, respirar con libertad en el mundo de la fantasía. Además, dígase lo que se quiera, á ningún maese Pedro le place mostrar por dentro el retablo de las figuras con sus jarcias y resortes; y si alguna vez lo hace, suele ser apretado por el deseo de defenderse de los pecados que le atribuyen ó de prevenir al público contra los errores de una crítica precipitada ó desleal. No es esto, sin embargo, lo que me impulsa á escribir el presente prólogo, como tampoco me ha movido á escribir el que años ha puse al frente de mi novela La Hermana San Sulpicio. En España, afortunadamente, apenas si existe la crítica, y el autor de novelas goza de aquella paz profunda, de aquella amable serenidad de que gozaron en las primeras edades del mundo Valmiky y Homero para escribir sus inmortales poemas. La única razón que hallo en mi espíritu (aparte de cierta manía didáctica que me ha quedado de los años de adolescencia, cuando con mi dedo infalible señalaba á los autores la ruta que debían seguir) es la contradicción en que me reconozco con los gustos y tendencias que dominan actualmente lo mismo en las artes plásticas que en la poesía. Esta contradicción me atormenta sobremanera, porque me hace dudar de mí mismo. Derramo la vista por Europa y no veo en la pintura y en la poesía más que escenas lúgubres y prosaicas, no escucho sino acentos de muerte. De las estepas de la Rusia llegan delirios místicos que entusiasman al pueblo de Molière, de Rabelais y de Voltaire. De aquí surgen análisis indigestos, obscenidades escandalosas que seducen á los hijos de Cervantes; por último, el viento glacial de la Noruega nos envía en forma dramática aéreos simbolismos que estremecen de gozo á la Italia, ¡á la Italia, donde han nacido Virgilio y Petrarca, Rafael y Tiziano! Naturalistas, místicos, decadentistas, ibsenistas, simbolistas en la poesía; luministas, azulantes, metalistas en la pintura. El arte se me representa como un inmenso ataque de nervios, los artistas como locos unas veces, otras como charlatanes que disfrazan su impotencia con afectaciones monstruosas y se aprovechan hábilmente de la perversión general del gusto; el público estragado por ellos y por el utilitarismo reinante, sin criterio para distinguir lo bello y lo sano de lo feo y absurdo.

Al observar mi naturaleza en contradicción tan radical con el espíritu de la época me asalta el temor de padecer una aberración mental: hay momentos en que me figuro ser uno de esos infelices degenerados incapaces de «adaptarse al medio» que tan bien pintan los modernos filósofos de la escuela positiva, y me estremezco y me abato, y me propongo en término no lejano someterme á un tratamiento terapéutico adecuado. Es posible que con las duchas, la nuez de Kola y el vino ferruginoso, los dramas noruegos me parezcan tan interesantes como los de Shakspeare, Calderón ó Schiller, los místicos rusos tan profundos como Platón y Spinoza, las novelas de la escuela naturalista tan bellas como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cuadros de los decadentistas franceses mejores que los de Rubens y Velázquez. Pero mientras llega la hora feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido permiso para exponer algunas observaciones críticas acerca del arte de escribir novelas. Voy á aventurar ciertas hipótesis que constituyen el fondo mismo de mi inspiración, lo que hasta ahora me ha sostenido y consolado en la ya larga labor que he llevado á término. Absurdas ó verdaderas, yo las amo. Sólo pido al lector que antes de condenarlas al desprecio las medite un instante.

II

Dirijamos una mirada á la historia del arte. Hay un hecho que desde luego llama poderosamente la atención: la fecundidad prodigiosa de ciertas épocas y la esterilidad de otras. En el período de poco más de un siglo que media entre Fidias y Praxiteles nacen en el suelo reducido de la Grecia centenares de escultores, la mayor parte desconocidos para nosotros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como salen de entre los escombros, nos llenan de admiración y alegría. En un período de cincuenta ó sesenta años del siglo XV brilla en el país de Flandes legión numerosa de grandes pintores, cuyos cuadros, si alguien ha igualado, nadie ha sobrepujado jamás. Apágase momentáneamente la inspiración de los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada á Italia, donde viven y trabajan á un mismo tiempo algunas docenas de genios portentosos, cada uno de los cuales bastaría para ilustrar un siglo. Torna la mágica fuerza en el siglo XVII á los Países Bajos y produce esa maravillosa explosión donde los pintores ya no se cuentan por cientos, sino por millares. Nuestra patria se siente arrastrada por Italia y por Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su seno la famosa escuela española con Zurbarán, Ribera, Velázquez y Murillo. ¿No es verdad que parece un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso se eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y tristeza. Sólo tal cual artista, aproximándose, aunque sin igualar jamás á aquellos genios, brilla como estrella solitaria y melancólica.

Las explicaciones que los historiadores del arte suelen dar á este hecho sorprendente nunca me han satisfecho. La aparición del arte como una consecuencia natural del engrandecimiento material de los países, como la flor de la civilización, que es la teoría hoy predominante, no hace más que agregar un hecho á otro hecho sin explicar ninguno de los dos. Supongamos cierto que el arte se produce necesariamente cuando los países alcanzan cierto grado de prosperidad, cuando el hombre, después de haber allanado los obstáculos que la naturaleza le oponía para su subsistencia, queda desahogado y puede gozar en calma de la vida. Pero la dificultad queda en pie. ¿Por qué en ciertas épocas de prosperidad nacen muchos y grandes artistas, y en otras de tanta ó mayor opulencia no nace ninguno? Nadie puede dudar que en la actualidad existen en el mundo países ricos y prósperos donde la civilización ha subido á una altura desconocida en la historia, donde la vida es fácil, segura, cómoda. Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Bélgica, Holanda y los Estados Unidos de América son testimonios innegables de esta afirmación. Además, en ninguna época conocida de la historia los artistas han podido trabajar con más seguridad ni han encontrado un público tan numeroso ni tan solícito para recompensarlos. Compárese lo que hoy gana cualquier pintor, por poco que se distinga, con lo que obtenían por sus obras Velázquez ó Rembrandt. Compárese la consideración y el respeto de que hoy gozan los artistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan elevada y orgullosa como la de la sangre, con la protección desdeñosa que los próceres de otros siglos les dispensaban y el humillante jornal que algunos reyes solían otorgarles. ¿Qué momento más favorable puede ofrecerse para que la flor de la poesía abra sus pétalos á la luz y ostente sus colores más brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo posee hoy el artista que sepa distinguirse. ¡Y, sin embargo, nuestros pintores y escultores no pueden compararse á los de otras épocas! La música, que es el arte más moderno, se encuentra hace años ya en absoluta decadencia; la literatura, como luego demostraré, igualmente.

Existen, dicen los filósofos naturalistas, razones fisiológicas que explican y determinan este fenómeno, como todos los demás de la vida. No lo dudo. El hombre se halla enteramente sometido á las fuerzas que obran en el seno de la naturaleza, las cuales, á par que engendran, limitan el desarrollo de los individuos y las razas. Pero la acción de tales fuerzas es tan misteriosa, se ejerce por caminos tan oscuros para nosotros, que sólo vagamente podemos atribuirles cuanto sucede en el mundo. Nuestro espíritu exige motivos más cercanos. Voy, pues, humildemente á proponer una explicación racional del problema, con la esperanza de que, si no satisface al lector, por lo menos le ayudará á pensarlo y resolverlo por sí mismo.

Como no hallo razón para que en los cincuenta primeros años de un siglo nazcan cien artistas de gran mérito y en los cincuenta siguientes ninguno, me atrevo á sostener que, dadas las mismas condiciones de raza, de medio, de cultura, de seguridad y de estímulo, los hombres nacen iguales, ó lo que es igual, en la segunda mitad de un siglo, como no hayan variado notablemente las circunstancias apuntadas, ven la luz tantos artistas como en la primera. La diferencia está solamente en que en la primera mitad los hombres que han nacido con aptitudes para sentir la belleza y representarla han podido sacar el fruto de ellas, las han desenvuelto natural y lógicamente, mientras que los segundos, por causas que ahora voy á indicar, no han podido mostrar al mundo su riqueza interior.

Atribuyo la decadencia de las bellas artes, cuando no hay razón externa que la explique, á una perversión del gusto, esto es, á la falta de una dirección sana y adecuada para los artistas. Creo que el gusto es lo que determina la altura que el pintor, el escultor ó el poeta puede alcanzar en sus obras. Los artistas de las épocas de decadencia han nacido tan bien dotados por la naturaleza como los del florecimiento.

Convirtamos los ojos á la época actual. Examinando los cuadros que hoy se pintan, las estatuas que se esculpen, ó leyendo con atención las obras poéticas que se publican, nadie puede echar menos con justicia el ingenio, la invención y el estudio. Si no en la mayor parte, porque la producción es excesiva, veo detrás de muchas de ellas la mano y la inteligencia de un hombre superior, perfectamente dotado por la naturaleza para producir obras bellas y duraderas. ¿Por qué no las produce? Sólo por un error de su inteligencia, por una torcida dirección que el momento y el medio en que nació han impreso á su inspiración, en suma, por la falta de gusto. Esto es lo que se observa hoy, principalmente en el cultivo de las artes; ausencia de gusto. To be honest, as this world goes is to be one man pick'd out of ten thousand, dice Hamlet. Parodiando estas palabras, bien podemos afirmar que, tal como hoy van las artes bellas, tener buen gusto equivale á señalarse, no entre diez mil hombres, sino entre cien mil.