El origen de esta perversión del gusto no debe buscarse en circunstancias del momento, en defectos de escuela trasmitidos de unos individuos á otros, en extravíos fortuitos. Su fundamento es más alto á mi juicio: se halla en el principio mismo que ha engendrado la gran superioridad artística del Occidente sobre el arte asiático, en el mayor desarrollo de la energía individual. Tan cierto es que no hay principio verdadero y fecundo que exagerado no se convierta en error y en manantial de ruina y que el nada demasiado del oráculo griego es la mayor verdad que se ha dicho hasta ahora en el mundo.

La mayor energía individual, la afirmación de su independencia frente á la naturaleza, produciendo la variedad de los caracteres, es lo que ha elevado al griego sobre el indio y el arte occidental sobre el asiático. En el mundo oriental sólo existen tipos; de aquí la monotonía, no privada de belleza y sublimidad muchas veces, de sus monumentos poéticos. Pero aquel principio fecundo para la civilización, y singularmente para las artes, que ha engendrado la Iliada, el Prometeo encadenado, la Niobé y el Partenon, que más tarde creó las obras portentosas del Renacimiento, exagerado en la Europa moderna, sacado fuera de sus justos límites, ha traído consigo el desequilibrio y como resultado la decadencia. La energía individual y la independencia exageradas se han trasformado en vanidad. Este es el gusano que roe y paraliza la fuerza de los artistas contemporáneos.

Obsérvese el procedimiento de los antiguos y de los que los han imitado en el período del Renacimiento. Un artista, que por sus obras excelentes llegaba á merecer el título de maestro, reunía en torno suyo un grupo más ó menos numeroso de jóvenes á quienes revelaba los secretos del arte é infundía su propio espíritu, adiestrándolos lentamente para hacerlos primero sus ayudantes, luego colaboradores de sus obras. El discípulo, al cabo, se hacía maestro, concluía por separarse, pero seguía trabajando en la misma dirección y con los mismos procedimientos, y sin darse quizá cuenta de ello, ni menos proponerse romper ningún molde, por la energía de su personalidad artística producía obras distintas, tanto ó más bellas que las de su maestro, pero sin que se desatase el lazo que los unía. Igual fenómeno en la literatura. Homero es el gran maestro del mundo helénico. Todos los poetas dramáticos, épicos ó líricos acuden á él para beber su inspiración. Esquilo, Sófocles, Píndaro y Eurípides confiesan modestamente que viven de las migajas de su mesa. Más tarde, cuando Roma empuña el cetro de la literatura, sus poetas más insignes no se desdeñan de llamarse discípulos de los griegos, los estudian con veneración y los imitan con complacencia. Nada han desmerecido por eso á los ojos de la posteridad. La Eneida es una imitación de la Odisea, y sin embargo hace veinte siglos que embelesa al mundo.

Decía Sófocles en los últimos años de su vida que si había logrado escribir algo bello en su vida, fué renunciando á la pompa de Esquilo y también á los refinamientos de arte á que se sentía demasiado inclinado. Estas palabras deben dar que pensar á cualquier artista, porque encierran la más profunda enseñanza. Cuando los ciclos legendarios de la Grecia habían sido ya desenvueltos de un modo maravilloso por el genio de Esquilo en trilogías dramáticas que parecían insuperables, Sófocles logró, sin embargo, aventajarle. No hubiera conseguido esto, si guiado por el amor propio tratase de superarle buscando mayores y más vivos efectos, esforzando las galas del lenguaje. Pero guiado sólo del amor á lo bello y permaneciendo fiel á su naturaleza, no trató más que de producir obras bellas y perfectas, sin curarse de competir en ingenio con su glorioso predecesor; y por esta modestia y esta moderación llegó á ser el más grande de los dramaturgos que la humanidad ha producido.

¡Cuán distinto lo que hoy sucede! Apenas un joven sabe tener el pincel, la pluma ó el cincel en la mano, ya se juzga en la necesidad de crear algo original, cuando no extraño ó inaudito: se creería humillado siguiendo la inspiración y los procedimientos de otro artista, por grande que sea. El negocio capital para él no es trabajar bien, sino trabajar de un modo distinto que los otros; la originalidad le preocupa mucho más que la belleza. Este anhelo que hoy se ha apoderado de todas las cabezas, hasta de las más vacías, hace recordar aquel gracioso epigrama de Goethe á los originales: «Un quídam dice: Yo no pertenezco á ninguna escuela; no existe maestro vivo de quien reciba lecciones; en cuanto á los muertos, jamás he aprendido nada de ellos». Lo cual significa, si no me equivoco: «Soy un majadero por mi propia cuenta». Este afán desmedido de originalidad ¿qué otra cosa es sinó lo que hemos dicho, una exageración de la energía individual, un desequilibrio, el pecado, en fin, de la soberbia? Triste es confesarlo, pero en la torcida dirección que hoy siguen las artes no debe echarse toda la culpa á los que las cultivan. El público tiene también una gran parte; el público que, en vez de pedirles obras bellas, bien meditadas y con destreza concluídas, les exige solamente que no se parezcan á los demás, fomentando de esta suerte la excentricidad y el mal gusto, que ha dado vida en los últimos años á esa nube de obras extravagantes y ridículas, donde la impotencia marcha unida á la vanidad. A la novela, como género predominante hoy en la literatura, ha tocado la mayor parte de esta viciosa corriente.

III

La novela es un género comprensivo que participa de la naturaleza de la epopeya, de la del drama y que no pocas veces también entra en los dominios de la poesía lírica. Tal amplitud permite al escritor una gozosa libertad, que no disfrutan los que cultivan otros géneros más definidos. No sólo se le exime del lenguaje rítmico, sino de aquellas otras trabas con que la retórica dogmática ha atormentado hasta ahora á los poetas épicos y líricos. La novela, en su esencia, rechaza toda definición: es lo que el novelista quiere que sea. Pero tanta independencia trae, como es lógico, aparejada una mayor responsabilidad: ya que tanto se le perdona al novelista, menester es que su invención no desmaye jamás: de todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene la obligación ineludible de no fatigar jamás al lector, de mantener su atención despierta, sujeto su espíritu por lazos invisibles para hacerle viajar sin sentirlo por el mundo imaginario. ¡Cuán poco nos acordamos los que escribimos novelas de este primer requisito de toda composición romancesca! La mayor parte de las veces parece que, en lugar de interesar al lector y recrear su espíritu, nos proponemos acabar con su paciencia.

La composición es el escollo en que tropiezan la mayor parte de los autores de novelas. Hay bastantes capaces de representarse la belleza y el interés que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de rica fantasía, de penetración y de estilo; pero son á mi juicio muy pocos los que en la actualidad saben componer un libro. No acontece esto porqué la cualidad de componer sea superior ó más rara que las otras, sino porque los autores no fijan en ello la atención como debieran. Preguntaban á Newton en cierta ocasión: ¿Cómo ha llegado usted á descubrir la ley de la gravitación? A lo que el sabio respondió modestamente: «Pensando en ello». Si los novelistas pensasen más en la perfección de sus obras y menos en ostentar á todo trance las cualidades de que se creen poseedores, ó en producir ruido, imagino que aquéllas serían más bellas y duraderas. Para ello lo primero que debieran representarse es que una novela es una obra de arte; por lo tanto, una obra donde la armonía es lo esencial. Esta armonía la encuentra naturalmente el artista que sabe limitar sus concepciones y concentrar los tesoros de su fantasía exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada más. ¿Excluye tal limitación la riqueza del fondo, la pintura viva de los pormenores, el sentimiento de los matices, la delicadeza para apreciar las relaciones más sutiles de la vida? Estoy muy lejos de pensarlo. Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de unos contornos precisos. Basta que el novelista sienta la necesidad de la claridad y la medida.

El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, todo lo que de él proceda ha de ser limitado también. Porque el fondo de la obra de arte, que es la belleza ideal, carezca de límites no debe imaginarse que su expresión plástica ó conceptiva pueda sustraerse á ellos. La belleza se expresa eternamente en la naturaleza de un modo definido, claro, concreto. En el arte debe acaecer lo mismo. Hay muchos artistas que ignoran esta gran verdad; se figuran que dejando inciertos los contornos de su obra se emancipan de la limitación que constituye su ser, se aproximan mejor á la sublimidad y grandeza del ideal. Es un error de óptica por el cual se engañan á sí mismos y engañan á los demás. Así sucede que cuando aparece una de esas obras aparatosas, enormes, enfáticas, envueltas de vaguedad y misterio, con aspiraciones simbólicas y místicas, como muchas de la escuela romántica pasada y casi todas las de los naturalistas, simbolistas y decadentistas modernos, el público se estremece, imagina que detrás de aquellas nieblas hay un inefable misterio, que se va á descubrir al fin y contemplar el eterno ideal, y corre afanoso á presenciar el milagro; pero ¡ay! no tarda en volver mustio y desengañado, porque detrás de tanto aparato no ha visto absolutamente nada. La obra portentosa se hunde muy pronto en el olvido, mientras la obra bien definida, clara y armónica, como la Odisea, las Siracusanas de Teócrito, el Hermann y Dorotea de Goethe, sigue por los siglos de los siglos fresca como una rosa, reflejando la inmortal belleza del universo.

Tampoco juzgo que esta armonía necesaria en la composición de la novela sea equivalente de la simplicidad. La novela participa, como ya he dicho, de la naturaleza del drama y de la de la epopeya, pero más, á mi juicio, de la última. No es, pues, esencial para ella que la acción avance rápidamente hacia su fin, sin distraerse jamás como en el drama, sino que puede marchar con lentitud, deteniéndose á cada instante para referir episodios ó describir países y costumbres, á semejanza de los poemas épicos; porque, como expresa profundamente Schiller, la acción para el poeta dramático es el verdadero fin, mientras para el épico (digamos novelista en este caso) no es más que un medio para alcanzar un objeto absoluto y estético. Ahora bien, ¿cuál es este objeto absoluto y estético que el poeta épico y el novelista persiguen? El mismo Schiller lo descubre con admirable claridad en otra de sus cartas: «La misión del poeta épico es hacer que aparezca toda entera la íntima verdad del asunto: no pinta más que la existencia tranquila de las cosas y el efecto que naturalmente producen: hé aquí por qué, en vez de correr impacientemente hacia el término de la narración, nos place detenernos á cada instante con él». Dejemos, pues, al novelista la libertad de pararse donde lo tenga á bien, como el poeta épico: si siente amor á la claridad y á la medida, clara y armónica será su obra, aunque se distraiga á menudo. Nadie osará negar estas cualidades á la Odisea y la Eneida, ni al Quijote y el Gil Blas de Santillana, á pesar de sus numerosos episodios. Guardémonos de confundir la armonía con la simplicidad de la acción, ni siquiera con la regularidad de sus partes. Es algo más profundo y espiritual que surge espontáneamente de la belleza del asunto y del equilibrio en las facultades del novelista.