—Vive mil años, chiquita, que si tú cierras los ojos se queda Cádiz á oscuras.
—¡El equinocio, hija!—exclamó María-Manuela sin poder reprimir un movimiento de celos.—Soleá, no cierres los ojos para que este borracho pueda llegar á casa.
—¿Tienes celos, María?—preguntó la tabernera.
—¿Yo celos de este tío que ya no puede con la fe de bautismo en papeles? ¡Sería trabajo! Llévatelo, hija, y ponlo en un cuarto seco para que no se pudra.
—Soleá, llévame y ponme donde te parezca. Verás si engordo á tu vera—le gritó Antonio.
—¿Y á mí, dónde quieres que me ponga entonces?—preguntó Velázquez riendo.
Pero, aunque lo dijo en voz más baja, llegó á los oídos de la tabernera, que exclamó:
—¡Á ti!... ¿Qué te importa á ti que yo te ponga en un sitio ó en otro? Ya te cuidarías de escapar adonde te viniese bien.
—Con esa verdad te ayude Dios, querida, que nunca jamás la has dicho mayor—repuso Velázquez con tono fanfarrón y displicente.
Soledad sintió el resquemor de estas palabras y guardó silencio.