—Niño, tráete la mía—gritó reciamente el señor Rafael al criadillo.
No tardó éste en presentarse con otra batea de cañas.
El señor Rafael era un viejo de fuerte complexión, seco, moreno, con los cabellos blancos, pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto de ademanes, como un chico de veinte años. Mucho más suelto y mucho más vivo que su sobrino Frasquito, con el cual se acompañaba aquí y en todas partes. No sólo se hallaban asociados en un establecimiento de harinas y salvados que tenían en la calle de Horno Quemado, sino que habitaban el mismo cuarto; y después de pasar juntos las horas de trabajo, gustaban también de pasar las que dedicaban al recreo. Ambos solteros y sin ninguna gana de cambiar de estado, aficionados á las cañas y al bureo, aunque en este particular y en la esplendidez característica que el vino andaluz despierta en los naturales, el viejo sacaba mucha ventaja al joven. De aquí sus eternas y graciosas disputas así que al señor Rafael se le encaramaba un poco el manzanilla en la cabeza.
—¡Frasquito, hijo! ¿para qué quieres esas manos? Hace siete cuartos de hora que no has sonao las parmas—dijo el señor Rafael á su sobrino, haciendo antes un guiño expresivo á la reunión.
—¿Cómo siete cuartos de hora?—exclamó éste sofocado.—¡Si he pagado la convidada anterior!
—¡La anterior!... ¡Y tan anterior!—replicó el viejo mirándole con ojos risueños y provocativos.
La reunión se preparó á gozar de la disputa, como siempre.
—Vamos, tío, usté tiene gana de guasa.
—No, hijo, lo que tengo gana es de vino.