—¡Tío! ¡tío!

—No te sofoques, que eso se cura con un poquito de aguardiente alcanforado.

—¡Qué ha de curarse con eso!—saltó María-Manuela que presumía de curandera y ensalmadora—Si sientes dolor, Frasquito, se te quitará untando el brazo con la sangre de una oreja cortada de un gato negro; le das una friega apretándolo poco á poco, luego doblas er deo gordo, y poniéndolo debajo de la barba abres la boca nueve veces seguidas...

Las carcajadas que la inocencia de la pobre mujer produjo en la reunión encresparon más y más á Frasquito.

—¡Tío, no hay peor borracho que usté en el mundo!

—Basta ya de medicina—manifestó Antonio—y que Paca nos cante una carbonerilla.

—¡Eso!

Paca, como de costumbre, hizo remilgos. «Ya no estaba para tales bromas; se le había acabado el humor; parecía mal que una mujer casada... Además, no se hallaba bien de voz.» Pero, como de costumbre también, terminó por coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y potente de contralto.

La alegría se apoderó de todas las cabezas. Los ¡oles! y los ¡bravos! y los requiebros de toda clase resonaron en la taberna. Á la embriaguez del vino sucedía la del arte, más noble y delicada.

—¡Venga otra, Paquilla! ¡Bendita sea la hora en que tu padre se dió un coscorrón con la reja de tu madre!