Y cogiendo á la joven por un brazo:

—Anda, anda, guasona... ¡Maldita sea tu estampa!

Y la arrojó á empellones del cuarto, cerrando la puerta después.

Los tertulios se lo recriminaron sin excepción.

—No hay razón para eso, Velázquez. Para bailar se necesita el humor. No todos los días nos pide el cuerpo juerga.

—¡Dejarme; ya tengo esa niña sentada en la boca del estómago!—exclamó el majo apurando una caña.

—¿Lo ves, Joseliyo, lo ves cómo toda la vida has de meter la pata?—dijo Paca con enojo á su consorte.

—Pues bien claro estaba que habíamos de tener un disgusto, después que Antonio rompió el vaso—manifestó María-Manuela con un acento de seguridad que hizo volver la alegría á la reunión.

III
Soledad.

El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos, dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres años menos. El sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir á las necesidades de la familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenían cifradas sus esperanzas, mostró desde bien chico viciosas inclinaciones y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le habían puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los escaseaba, bastaron á enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con que su madre lo criaba. No sólo ocultaba con mil artificios sus faltas y le amparaba cuando su padre iba á corregirle, sino que le daba cuanto dinero había á mano, sin comprender la desgraciada el daño que hacía. Con esto el chico á los catorce años era un pilluelo que, en vez de ayudar á los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo ó de otro cuanto podía. Acompañado de otros pícaros de su misma edad, vagaba por las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego.