—No quiero—replicó ésta.—¡Vaya una simpleza, hacer bailar á una mujer á la fuerza!

—Vamos, Velázquez, déjala. Otro día será—manifestó el señor Pepe.

Y todos los demás unieron sus ruegos á éste.

Pero el tabernero, cada vez más colérico, exclamó:

—¡He dicho que bailará esta noche, y ha de bailar con los santos óleos puestos!... ¿No quieres tocar?... Pues tocaré yo.

Y arrebatando á Paca la guitarra, comenzó á rasguearla diciendo imperiosamente:

—Á empezar.

Soledad avanzó hasta el medio del cuarto y dió comienzo al baile. Estaba pálida. Los movimientos reprimidos, voluptuosos del tango ofrecían ahora un carácter lúgubre; parecía el baile de la viuda india en torno de la hoguera donde va á ser sepultada.

Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudían la cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lágrimas se desprendieron de los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus mejillas. Verlas Velázquez y colocar la guitarra sobre la mesa fué todo uno.

—¡Ea!—dijo levantándose con calma amenazadora.—Ya se ha concluído.