—¿Y por qué no has de bailar?
—Pues porque no tengo gana.
—Pues bailarás aunque no tengas gana—dijo él embraveciéndose.
—Pues no bailaré—replicó con firmeza ella.
—Vamos, Velázquez, déjala—interrumpió Pepe de Chiclana, avergonzado por haber sido causa de aquella disputa.
—¡Déjala! ¡déjala!—dijeron todos á un tiempo.
—He dicho que baila, y bailará—profirió Velázquez alzándose de la silla en actitud soberbia y provocativa.
Soledad se puso pálida; quedó un instante suspensa y dijo al cabo humildemente:
—Está bien; no te incomodes. Haré lo que tu quieras.
—Paca, puedes principiar—dijo el guapo sentándose de nuevo.