—Bien está; pero aunque no se divierta, Soledad es muy amable y le gustará que sus amigos se diviertan.
—Vamos, cállate ya. ¡Qué pesadísimo te pone el vino!
Velázquez, que estaba hablando con Frasquito, oyó la disputa de los esposos y dijo:
—Tiene razón Pepe. Soledad está obligada á dar gusto á la reunión, y aunque le cueste trabajo lo hará...
Y añadió alzando la voz:
—Soledad, hija mía, haz el favor de venir un momento.
La tabernera apareció en seguida.
—Estos señores desean que bailes un poquito. Á ver si los complaces.
El rostro de Soledad se nubló de repente y respondió con sequedad:
—Estos señores saben que hace ya mucho tiempo que no bailo y me harán el favor de dispensarme.