—Atiende, María, mira que pedazo grande te has olvidado debajo de aquella silla. ¡Anda, anda! que si yo no hubiera reparado, ¡qué cataclismo! ¿verdad tú?
—Vamos, Antonio, déjate de guasa y hazme el favor de recoger esos cristalillos que están á tu vera.
—Desprécialos, mujer: ya te llevas en el delantal los trabajos gordos... ¡Qué importa por esos disgustillos!
María-Manuela salió con los cristales del cuarto y fué á arrojarlos al pozo que había en el patio. Soledad, que seguía tranquilamente haciendo calceta detrás del mostrador, sonrió.
Siguió la zambra en el aposento.
—Bueno, ahora no falta más que Soledad nos baile una mijita de tango—manifestó el señor Pepe.
Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, pero tenía habilidad notoria para bailar las danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece generalmente, no gustaba de mostrar su gracia; y aun puede decirse que desde hacía algún tiempo tenía el baile en aborrecimiento. Por lo cual sus amigas se abstenían de solicitarla en este particular, sabiendo que le causaban disgusto.
—No seas pelmazo, hombre; ya sabes que Soledad no se divierte bailando—dijo Paca á su consorte.
—¿Y por qué no se ha de divertir, haciéndolo con tanto primor?—insistió el señor Pepe.
—Pues porque no se divierte. ¿Te figuras que va uno á gozar con lo que á otro se le antoje?