Soledad dormía, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella, inquietase su sueño profundo. Larguísimo rato la estuvo contemplando en suspensión deliciosa. ¡Qué hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada hallaba en la creación comparable á la suavidad de su piel sonrosada trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan rojas ni tan frescas: la llevaba más tarde á su cuello, y aquella línea blanca ondulante donde su negra cabellera se deshacía gradualmente en vello finísimo como una armonía fugitiva que se pierde en el espacio, le parecía un sueño más que una verdad tangible. «¡Qué hermosa! ¡qué hermosa!»—murmuraba con la unción de un místico que dice sus preces.—¡Y eso que aún faltan los ojos, las dos lámparas maravillosas, como yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y permaneciera así velando su sueño. En aquel instante hallaba disculpa para sus traiciones y legítimos todos sus caprichos y genialidades, por extravagantes que fuesen. «Un ser tan soberanamente bello—se decía—tiene derecho á ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: ¿por qué le hemos de exigir que se sacrifique?»

Pero sus ojos zahoríes de enamorado creyeron percibir al cabo en torno de los de la bella un leve círculo rojo que no era producido por la incómoda postura en que dormía. «Soledad ha llorado hoy» se dijo con emoción. Tenía conocimiento de lo mucho que sufría, aunque no de los extremos vergonzosos á que Velázquez había llegado, y siempre que lo comprobaba por algún signo sentía un estremecimiento de dolor y de ira. Por su cruel proceder, más que por haberle arrebatado á su amante, odiaba cordialmente al majo.

Despertó al fin Soledad. Abrió los ojos repentinamente y, fijándolos en Manolo, dijo:

—¡Ah! ¿Eres tú? ¿Has entrado ahora?

—No, hace ya cerca de una hora que estoy aquí.

—¿Una hora?... ¿Y qué hacías?

—Mirarte y remirarte... y aún no quedé satisfecho.

—¡Pues, hijo, no sé cómo no te empalago!—replicó ruborizándose. Y añadió para distraer la conversación:—Me he levantado temprano esta mañana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me senté me he quedado fritita sobre el mostrador.

Manolo guardó silencio y reparó con inquietud que tenía los ojos muy encendidos, señal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, á quien no pasó inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible por disipar su sospecha. Se mostró alegre, jaranera.

—Y díme, ¿cómo te ha ido el jueves por la Palma de Londillo? Ya sé que has estado allí con unas mujeres...