—¿Yo?
—Sí, tú; no me lo niegues. Os habéis bebido un río de manzanilla, y tú has dormido debajo de la mesa.
—Hija, te contaré la verdad. Pasaba por allí casualmente de retirada, cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Sánchez y Felipito el de D. Paco, á quien tú conoces. Entré, charlé cinco minutos, bebí una copa y me fuí á la cama. Ni yo conozco á las tales mujeres, ni jamás he dormido ni pienso dormir debajo de las mesas.
Pero Soledad no quiso creerle. Siguió embromándole con empeño, charlando y riendo mucho más que de costumbre. Manolo se defendía suavemente, sin dejar por eso de observar con atención aquellas aciagas señales que su rostro ofrecía. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclamó:
—¡Tú has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad!
La joven soltó una carcajada.
—¿Eso es lo que estabas reparando, desaborío? ¿Por qué no lo has soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro mundo?
—No me engañes, Soledad... Tú has tenido un disgusto—repitió Uceda mirándola fijamente.
Soledad siguió riendo con afectación sin responder.
—¡Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya debo comprender los signos de bonanza y tempestad—manifestó tristemente.—¿Por qué ocultarme tus penas? ¿Te da vergüenza que yo las sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mías las sabe todo el mundo, y por eso no me abochorno. El amar no ha sido jamás delito... ¿Temes hacerme sufrir demasiado mostrándome los estragos de tu pasión? Desecha ese temor. Por mucho que tú me digas, mi imaginación de seguro ha ido todavía más allá. Hace ya tiempo que vivo resignado. Sé que no puedo esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuéntame tus pesares, hija mía, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el pecho se desahoga y no roen tanto allá dentro.