Soledad reía mientras su antiguo novio hablaba; pero aquella risa se fué al cabo haciendo convulsiva, y algunas lágrimas concluyeron por brotar de sus hermosos ojos.
—Soledad, ¿qué tienes?—profirió asustado Uceda levantándose de la silla.
La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de reir.
—¿Qué tienes, Soledad?... ¡No rías, por Dios, de ese modo!
La tabernera dejó caer la cabeza sobre el mostrador, ocultándola entre sus manos, y así permaneció algún tiempo sacudida por incesantes carcajadas. Poco á poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta que cesaron por completo. Al cabo alzó su rostro enteramente bañado de lágrimas, y dijo sonriendo:
—¡Qué tonta soy! ¿verdad, Manolo?
—¿Te has puesto mala?—preguntó él con ansiedad.
—No, ya estoy bien.
Y levantándose tomó de la estantería un frasco de azahar, vertió con mano temblorosa una cucharada y la tragó. Después se enjugó el rostro cuidadosamente con el pañuelo y volvió á sentarse.
—Vamos á ver, ¿qué ha sido?—le preguntó cariñosamente el joven.