—No; conmigo no se casará jamás, no habiéndolo hecho ya... Ya no me quiere...

—Son aprensiones tuyas. Velázquez te quiere, y tarde ó temprano se casará contigo.

Decía esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales palabras no pudo reprimir un movimiento de alegría que se le traslució en la voz. Ó porque Soledad lo notase ó, lo que es más probable, porque le saliese del alma en aquel momento, replicó limpiándose las lágrimas:

—Es igual... De todos modos yo no seré de nadie más que de él en este mundo.

Y murió repentinamente la alegría en nuestro mancebo, como una chispa de fuego cuando cae en el agua. Quedó silencioso y sombrío largo rato. Soledad, rumiando con desesperación sus celos, tampoco hablaba. Al cabo profirió en voz baja:

—¡Daría la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir á esa sinvergüenza cuatro verdades!

Manolo siguió silencioso.

—Oye, querido—tornó á decir con resolución al cabo de un rato.—Me voy en busca de ellos. ¿Quieres hacerme el favor de acompañarme?

Una ola de vergüenza subió á las mejillas del caballero de Medina.

—¿Yo?... ¿Qué dices?...