—No te apures, hijo—manifestó la joven observando su turbación.—Te lo he pedido porque, como dudo que Velázquez me defienda, es fácil que entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada... Tan amigos como antes.

Al mismo tiempo se levantó é hizo ademán de subir á su casa. Manolo la detuvo, cogiéndola por la ropa.

—Aguárdate un instante, criatura...

Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle. Acudió luego á las súplicas, á los halagos, y obtuvo el mismo resultado. Una vez más tuvo ocasión de convencerse de la terquedad nativa de aquella mujer. Al fin la dejó marchar.

Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban con la escasa claridad que aún entraba por la puerta. Uceda metió la cabeza entre las manos y quedó meditando. Indudablemente, lo que había dicho Soledad tenía muchos visos de verosimilitud. Velázquez, irritado por la osadía de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen, si es que él mismo no se arrojaba á hacerlo. ¡Pobre Soledad! Aquel funesto amor la había enloquecido y sería la causa de su ruina completa. Cuando la vió aparecer de nuevo con un mantón sobre los hombros y pañuelo de seda á la cabeza sintió tanta compasión que le dijo, alzándose de la silla:

—Vamos, niña... vamos donde tú quieras.

—Gracias, Manolo—replicó la joven con voz temblorosa.—Salte fuera y aguárdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no tardará.

Salió de la tienda Uceda y necesitó esperarla cerca de media hora paseando por la muralla. Al fin llegó y echaron á andar emparejados.

Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El mar rugía sordamente, batiendo su recinto amurallado.

—Y cuando venga la gente de la reunión ¿qué les dirá el chico?—preguntó Manolo.