—Pero, hombre, ¿qué mosca te ha picado? No sé cómo apeteces tanto el bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano.
—¡Echa realezas, hijo!—exclamó Pepa con mal humor.—¡No eres alguien para dar títulos!
—Déjalo, querida—replicó Isabel.—Ha querido decir que es una hembra de á real.
—Nada de eso—profirió con viveza Frasquito.—Soledad es una hermosa mujer aquí y en todas partes, y á nadie se lo he oído negar hasta ahora.
—¡A cualquier cosa llamas tú hermosa!... ¡Mala puñalá te den rejoneá!... ¡Quitá allá desaborío! ¿No ves que se están riendo de ti?... Que me perdone Velázquez, pero en esta ocasión no ha dado pruebas de buen gusto. No sé cómo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, más que las calabazas.
—¡Pues si la hubieses visto, como yo, sin corsé!—exclamó Isabel.—¡Para matarla, hija!...
—El vientre le arrastra por el suelo.
—Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su peinadora.
—¡Vamos, callaros ya!—dijo Mercedes con enojo.—Que sea guapa ó fea, ni á vosotras ni á mí nos debe tener con cuidado.
—Yo no digo más que una cosa—replicó Isabel,—y es que si fuese hombre me gustarían las mujeres, pero no los elefantes.