—¡Anda con ella, hija!—exclamó Frasquito.—¡Cómete la cabeza y no dejes siquiera las espinas!

—Oye tú, empachoso, yo no me como carne tan dura. Tú la subes mucho, porque está Velázquez presente.

Este se hallaba molestísimo. Le indignaban aquellas injustas y malévolas palabras, pero no se atrevía á salir á la defensa de su querida por miedo de enojar á Mercedes.

—Ni la subo ni la bajo—manifestó Frasquito en tono agrio.—Digo lo que todo Cádiz sabe. Si tú no lo quieres confesar, será también porque está tu hermana delante.

La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las Cardenalas se creyó en el caso de atajarla.

—Déjala, hija, déjala ser todo lo hermosa que dicen y algo más todavía. Á ti no te toca más que compadecerla, porque le falta á la pobrecita la hermosura mayor, que es la honra.

Soledad levantó el pestillo de la puerta y penetró en la estancia. Se acercó lentamente á la vieja, que retrocedió espantada, y plantándose delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente:

—¿Sabe usted, señora, por qué no tengo honra? Pues porque ese hombre que está ahí me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no sólo hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el puñal por la espalda. ¿Quién es más honrada, señora, usted que le entrega su hija por dinero, ó yo que me he entregado á él por amor?

La sorpresa los había clavado á todos á la silla; pero repuestas las Cardenalas, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre la intrusa.

—¡Cómo! ¿Atreverse la tía pendanga á venir á insultarlas á su propia casa? ¿Insultar á su madre? ¿Insultarlas á ellas? ¡Esa sin vergüenza! ¡Esa cualquier cosa! ¡Esa p...!