Y salió el vocablo infamante, y se repitió infinitas veces á gritos por las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad, á pesar de su corpulencia, si Velázquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado delante de ella.

—¡Nadie la toque con un dedo siquiera!

Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso silencio por un instante. Volviéndose aquél después á su querida y sacudiéndola por el brazo la miró cara á cara con ira concentrada. Los dos estaban pálidos.

—Dí, ¿á qué vienes aquí, loca? ¿á qué vienes aquí?

—Pues á ver cómo te diviertes—respondió la joven, cada vez más pálida.

—Esas tenemos, ¿eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas.

—Á eso vengo también... á que me pegues—replicó ella con el rostro contraído por una triste sonrisa.

—¡Ya arreglaremos eso, ya!

—Puedes arreglarlo ahora mismo... ¡Anda, hombre, pega, si con eso te desahogas!...

—Lo que vas á hacer es largarte al momento, ¿entiendes?