—Como tú quieras... Yo no hubiera entrado si esa tía asquerosa no me hubiera insultado.
Las cuatro mujeres tornaron á enfurecerse y quisieron acometer á la tabernera; pero Velázquez la echó fuera á empellones y cerró la puerta. Entonces su negra cólera se deshizo en injurias candentes, interminables. Velázquez las escuchó un rato con calma bebiendo á sorbos el vaso de vino que tenía delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas, que no pudo sufrirlas más tiempo.
—¡Ea, señoras! ¿Qué va aquí jugado?—profirió dando un fuerte puñetazo sobre la mesa.—¿Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche?
Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo tenía malas pulgas. Además, Frasquito y Gregorio las instaron á hacerlo. Se habló de cosas indiferentes como si nada hubiese pasado; se bebió y se cantó otra vez. Pero como la ira seguía rugiendo en los corazones, aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estalló la tempestad de nuevo.
Velázquez había tomado la guitarra y preludiaba unas soleares. Todos callaban. De pronto Isabel soltó una fuerte risotada, que al guapo le produjo insoportable escozor.
—¿De qué te ríes, hija mía?—le preguntó con aparente calma.
—Pues me río de verte así, tan pacífico, con la guitarra sobre las piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar.
Y soltó otra risotada.
—¿Y cómo quieres que esté, prenda? ¿con la navaja abierta?—replicó el majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego.
—No, pero como decían que eras esto y lo otro... y que las mujeres se desmayaban cuando tú las mirabas serio y que no se atrevían á mover un dedo sin tu permisos, francamente, me río.