—Pues mira, niña, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, ¿sabes? Pero si tú quieres empezar, puedes hacerlo...

Isabel no contestó. Siguió riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con calma provocativa:

—La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien.

El rostro del guapo se enrojeció, alzóse airado de la silla y se abalanzó á la insolente, diciendo:

—Oye tú, niña guasona, ¿quieres probar cómo saben las bofetadas de este hombre de bien?

Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron calmarle. Todo había sido broma. Parecía mentira que tomase en serio las simplezas de Isabel. Ésta se apresuró igualmente á darle excusas. Restablecióse el sosiego. Velázquez volvió á sentarse sin despegar los labios, pero á los pocos momentos se despidió con trazas de marchar muy desabrido.

Cuando entró en casa, Soledad se hallaba aún en la taberna. En vez de subir y mudarse la ropa mojada, había querido aguardarle. Al verle avanzó á su encuentro y le echó los brazos al cuello, diciéndole con voz temblorosa:

—¡Perdóname!

Pero el majo traía el alma resquemando por las palabras de Isabel. Ningunas podían ser más pesadas y mortificantes para él. Se desprendió vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechazó, dándole un fuerte empellón. Soledad retrocedió tambaleándose, tropezó con una silla y dió con su pesado cuerpo en el suelo, hiriéndose con la esquina del mostrador en la sien. Velázquez no acudió á prestarle socorro. La dejó tendida en el suelo y subió á encerrarse en su cuarto.