—Pues descansa, hijo.

—¿Me permite su paternidad besarle la mano?

—Mi paternidad no da la mano á pillos.

—Me alegro. Por eso debe dármela á mí, que soy hombre de bien.

—¿Tú? Ni tienes vergüenza ni la has conocido en tu vida.

—No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergüenza ya le hubiese dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma.

—Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo guardadas deben de oler á podrido.

—Los sacerdotes tienen obligación de escuchar en confesión á los penitentes...

—Pero es á los que llegan arrepentidos.

—Yo lo estoy, padre Francisco.