—¿Sí? Pues no vivas más tiempo en pecado mortal. Cásate con Soledad.
Velázquez soltó una risotada.
—¡Ya pareció aquello! Me extrañaba que tardase tanto.
—Sí, ya pareció aquello, arrastrao, y parecerá mientras me quede alguna palabra en la boca.
—¡Anda! pues tendré que esperar hasta el día del Juicio. Primero le faltará agua al mar y al cielo estrellas que á ese piquito palabras.
Paca se incomodó. Le picaba cualquier alusión dirigida á su increíble afluencia. Así que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla, respondió con un sin fin de denuestos; de aquí pasó á las reprensiones, á las censuras, después á las consideraciones y por último á los consejos. En un cuarto de hora no cerró la boca.
Velázquez la escuchó con la suya abierta, muy atento y admirado, porque Paca hablaba tan bien ó mejor que cualquier folletín de los que había leído. Pero no quiso confesárselo. Antes persistió en embromarla desviando la conversación hacia los parajes donde le convenía.
—Pero, en fin, ¿qué me importa que rajes hasta morir y me des tanta jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te envuelve queda empapado de sal?...
—¿Quieres callarte, pelmazo?... ¿Vas á empezar con las simplezas de siempre?
—¡Que sí, niña, que sí!—profirió Velázquez bajando la voz y avanzando el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los ojos.—Que eres más rica que los doblones de á cuatro, más salada...