En casa de los padres de Paca todos los años se ponía y era uno de los más famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda poseía un gran patio (donde crecía la parra que le diera nombre), muy acomodado al caso. La reunión de la casa de Velázquez se trasladaba allí en masa por las tardes. Éste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeño que había formado de conquistar á Paca, cuanto por las muchas y lindas jóvenes que allí acudían y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio y gentileza. Á Soledad sólo la había llevado dos veces en la temporada, y eso gracias á los ruegos de las amigas. Pero este sábado, por ser la despedida, ó quizá con algún secreto designio, él mismo la invitó, y la inocente Soledad aceptó con alegría.

Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jóvenes lo impulsaban á porfía sin cesar de cambiarse entre ellos y ella con gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases, insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado sabor de galantería que sólo se halla en esta poética región del mundo. Derramados acá y allá, sentados unos en bancos, otros de pie formando pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas ó escuchaban embelesados el punteado melancólico de la guitarra. Las conversaciones eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginación inquieta, el fácil ingenio, la incoherencia y la irreflexión que caracteriza al amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos dorados. ¡Cuánto donaire, cuánto disparate, cuánto embuste!

Debajo de la clásica parra, nuestra pareja halló sentados á Antonio y María-Manuela con otras personas, y fueron á colocarse cerca de ellos. Paca predicaba allá en un grupo lejano; pero en cuanto los vió se vino hacia ellos, saludó á Soledad con efusivo cariño y á Velázquez con la franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de Soledad causó, como de costumbre, grata impresión en el sexo masculino. Se murmuraron requiebros hiperbólicos, se dijeron al oído unos á otros frases de entusiasmo. Todos envidiaban á Velázquez aquella mujer elevada y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como los de Hebe la inmortal copera de los dioses. Pero nadie osaba requebrarla en voz alta, porque el majo tenía fama de puntilloso y agresivo. Tan sólo Antonio, como amigo íntimo, tuvo fuero para exclamar:

—Dios guarde á la rosa hechizá. Ven acá, salero, siéntate á mi vera, á ver si vivo cien años más.

Soledad sonrió con benevolencia.

—¿Para qué tanto? ¿No vale más estar á mi vera que vivir cien años?

—¡Mucho que sí! ¡Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero estar á tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros.

—Es que no las has visto.

—Todos los días, en cuanto amanece Dios, le doy tres ó cuatro á María para que me compre buñuelos.

—¡Sí darás!—murmuró María-Manuela con mal humor.—¡Disgustos!