—¡Y bofetás!—añadió Velázquez riendo.
—Sólo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado.
—¡Vaya, no te las eches de plancheta, hijo—profirió la irascible María,—que se va á creer la gente que te comes los niños crudos!
Algunas personas se habían acercado y rodeaban el banco donde se hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban gran placer á los amigos. Ésta, por desgracia, se cortó en flor merced á la voz del guitarrista, que cantó:
| «Á la que se columpia |
| echarle rosas, |
| que todo se lo merece |
| por buena moza.» |
—¡Ole!—¡Anda con ella!—gritaron de todas partes.
Y la atención se convirtió á la linda morena que ocupaba el columpio. Ésta sonrió complacida, cerró los ojos y á los pocos instantes cantó:
| «Al columpio he subido |
| porque no digan |
| que mi amante está ausente, |
| yo pensativa.» |
Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la copla de la chavala.
Tornó á cantar el guitarrista: respondió ella con la misma gracia. Las conversaciones se habían suspendido. La gente se había acercado al columpio y formaba círculo en torno para jalear á la simpática cantaora.