En aquel instante Manolo Uceda, á quien el chico de la tienda de Velázquez había dicho dónde estaban sus amos, apareció en la puerta del patio y quedó inmóvil contemplando la escena. La cantaora, que le vió desde el columpio, guiñó sus ojos maliciosos y le soltó esta copla:

«Mocito que está á la puerta
mirando para el columpio:
entre usté y columpiará
la que sea de su gusto.»

Todos los rostros se volvieron entonces risueños hacia él. Manolo avanzó confuso y dijo galantemente:

—De mi gusto, prenda, ninguna más que usté.

—Pues colúmpie me usté, hijo, y de salud le sirva.

Apartáronse los jóvenes que movían el aparato y Manolo lo impulsó unas cuantas veces entre los aplausos del concurso.

La casualidad había hecho que Paca y Velázquez estuviesen juntos en el círculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la graciosa morenita, se distrajo la atención de los concurrentes y se diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llevó al majo á un rincón y tuvo á bien darle una satisfacción de las injurias que le había dicho el día anterior.

—Ayer estaba un poco sofocá, ¿sabes? Te habré dicho las mil perrerías: que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla más que una rata salida del caño... Luego que me dió el aire entendí que había hecho mal en sofocarme, porque tú, aunque un poco sin vergüenza, siempre te has portado como buen amigo y serías un sujeto á pedir de boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el día que no presumas tanto no tendrás pero... á lo menos para mí... Porque hay mujeres que les gustan los hombres así... ¡vamos!... que repiquen gordo al andar... Á mí me hicieron de otro modo. Me gustan los hombres formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada, ¿comprendes?

Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables é impregnadas de una profunda filosofía. Así era todo lo que salía de su espíritu, fértil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de Velázquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sintió aún más humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las aceptó por buenas, rió, lo echó á broma y pidió que no se hablase más del asunto. Pero en su pecho ardía la cólera y no esperaba más que un pequeño agujero para salir rugiente y abrasadora.